El rostro de Jesús. Deseo de verlo
El deseo de ver el rostro de Dios es el hilo conductor que recorre toda la historia de la salvación, desde los salmos de David hasta el alma del cristiano actual. No se trata de una curiosidad histórica o de una abstracción poética; es el hambre de relación, de intimidad y de certeza que experimenta quien ha descubierto que la fe no es una teoría, sino el encuentro con una Persona viva. Para un católico maduro, buscar el rostro de Jesús significa educar la mirada de la fe para descubrirlo detrás de los velos donde Él ha querido ocultarse en esta vida, como preludio del día en que lo veremos cara a cara para siempre.
Algunas Ideas Clave
- Vultum tuum, Domine, requiram! (¡Tu rostro busco, Señor!): Esta jaculatoria, que san Josemaría rezó intensamente durante toda su vida, resume la actitud del alma contemplativa. Buscar el rostro de Cristo es una tarea activa: exige un corazón despierto, limpio de dependencias materiales y capaz de silencio interior para intuir su presencia en medio del ajetreo del trabajo, de la familia y de la calle.
- El rostro oculto en la Eucaristía: El lugar más seguro y directo donde encontrar el rostro de Jesús en la tierra es el Sagrario. Allí donde los sentidos fallan, la fe nos asegura que hay una mirada divina que nos acoge de verdad. El deseo de verlo se sacia y se enciende a la vez en cada rato de oración ante el Santísimo Sacramento, donde nos miramos mutuamente en un diálogo sin palabras.
- Las líneas de su rostro en el Evangelio: No podemos amar a alguien que no conocemos. Los relatos evangélicos son el retrato fiel donde se dibujan los rasgos humanos y divinos de Jesús: su mirada compasiva, sus gestos de cansancio, su firmeza con los hipócritas, su delicadeza con los enfermos. Un católico maduro relee el Evangelio no como un libro de historia, sino como quien mira las fotos y los recuerdos de la persona amada para grabar su rostro en el corazón.
- Descubrir su rostro en el prójimo: Jesús nos dejó escrita su dirección en el capítulo 25 de san Mateo: «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis». El rostro del Cristo que buscamos se oculta a menudo bajo los rasgos de la persona que tenemos al lado: el compañero de trabajo que se hace pesado, la esposa que está cansada, el hijo que pide paciencia, el enfermo o el necesitado. Aprender a ver a Jesús en ellos transforma la caridad en un acto de culto.
- La luz del rostro en el propio interior: Por la gracia del Bautismo, somos templos vivos de la Trinidad. Si mantenemos el alma limpia mediante la Confesión y la lucha interior, el rostro de Cristo se refleja en nosotros como en un espejo. Entonces se produce el milagro del apostolado secular: sin necesidad de discursos, nuestra mirada, nuestra sonrisa y nuestra paz se convierten en el reflejo de la cara de Jesús para quienes nos rodean.
Propuesta práctica: "El Entrenamiento de la Mirada"
Con el fin de pasar del deseo teórico a la práctica diaria de la presencia de Dios, te propongo un triple compromiso para mantener los ojos del alma bien abiertos durante esta semana.
El Triple reencuentro con el Señor
Busca la cara de Jesús en tres momentos concretos de tu rutina ordinaria:
- La mirada al Sagrario (El reencuentro real): Durante esta semana, no pases de largo por delante de una iglesia sin hacer una parada, ni que sea de un minuto. Entra, busca la lamparilla del Sagrario, fija la mirada en el lugar donde Él está y dile con toda la fuerza de tu deseo: «Vultum tuum, Domine, requiram! ¡Señor, quiero ver tu rostro, aumenta mi fe!». Deja que su mirada te purifique.
- El personaje del Evangelio (El retrato escrito): En tu lectura diaria del Evangelio, no te quedes en las ideas. Haz una composición de lugar: mira cómo se mueve Jesús, cómo mira al joven rico, con qué finura perdona a la Magdalena o cómo sostiene la mirada a Pedro tras las negaciones. Elige uno de estos rasgos de su personalidad e intenta imitarlo en tu conducta a lo largo de la jornada.
- El espejo del prójimo (El rostro exigente): Identifica a aquella persona de tu entorno familiar o laboral que te resulte especialmente difícil de tratar, que te caiga mal o que te exija un sacrificio extra. Cada vez que tengas que interactuar con ella, haz un esfuerzo mental y sobrenatural para ver detrás de sus imperfecciones el rostro de Cristo crucificado o necesitado de amor. Trátala con la reverencia con la que tratarías al mismo Señor.
Objetivo: Superar la ceguera de la rutina y de las prisas, tomando conciencia de que nuestra vida terrenal es un camino de encuentros con Jesús en lo oculto, que nos prepara para la felicidad plena de la visión beatífica del Cielo.